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divendres, 16 d’octubre del 2020

Profesores y alumnos

He comentado otras veces que como alumno, y luego como profesor, he pasado toda mi vida en escuelas, colegios, institutos y universidades. 

   Siendo alumno me encontré con maestros y profesores magníficos, personas interesadas en su trabajo, con sensibilidad, entrega y capacidades para que me sintiera atraído hacía las clases que impartían. Pero no solo esto. También tuve maestros que fueron ejemplos a los que seguir. Fueron los maestros con riqueza interior, con rectitud de conducta, con honestidad humana y profesional, con nobleza de espíritu. A ellos y a ellas va mi más profundo agradecimiento. Y muy especialmente a mi padre, mi primer y gran maestro.

   ¿Tuve profesores que fueron nulidades o nada interesados en lo que hacían, incapaces de entusiasmar o que vagaban paralizados en la inacción vergonzosa? Pues sí. Como en cualquier profesión se encuentra uno con toda clase de especímenes humanos. Curiosamente me di cuenta ya de muy joven que era frecuente que aquellos que menos aportaban con su labor, entrega y dedicación pedagógica eran luego los más conflictivos al reivindicar toda clase de derechos habido y por haber. O que disimulaban sus inaptitudes o falta de diligencia escudándose en un mal entendido corporativismo solidario que no era otra cosa más que hipocresía y farsa pura. O que convertían los claustros en estériles y jeroglíficos campos de rivalidades, antagonismos o frustraciones con luchas estúpidas y sin sentido. ¡Cuántas energías perdidas inútilmente en estas infructuosas reuniones!

   Siendo profesor he tenido la suerte de haber podido trabajar con compañeros que amaban su profesión, que sentían respeto y estimación hacia los alumnos y que aportaban lo mejor de sí mismos en su trabajo cotidiano. ¿Y qué decir de los alumnos? Pues que en su inmensa mayoría fueron, o han sido, muestras también de fértil inquietud, de deseos de saber y conocer, de vitalidad contagiosa. ¡Qué maravilla si ellos hubieran aprendido de mí lo que yo aprendí de ellos! Así que también un alumno puede ser, con su ejemplo, todo un gran maestro para el propio profesor.

   Es una lástima que hoy, y a partir de poco afortunadas reformas educativas (LOGSE y posteriores retoques formales a la misma), encontremos aulas con alumnos obligados a una asistencia que rechazan y que hunden en el desorden e indisciplina un trabajo que exige rigor y método para germinar en arte y ciencia rigurosa (¡la cantidad de enseñantes saliendo de sus clases abatidos y hasta llorando que he visto!). Y a continuación de esta actual escuela deplorable, se debate un bachillerato esquelético e insuficiente de solo dos cursos que se arrastra en la dinámica desconcertante de la ESO y que nada repara del tiempo antes perdido. 

   Gracias a la buena y eficaz educación se puede lograr todo o casi todo. Por esto estamos esperanzados en que quizás un día la alcancemos y rectifiquemos caminos equivocados en pro del protagonista fundamental de toda escuela: el alumnado activo con su proyección hacia el futuro.

 

Pere Font








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